Escrito de Franco Contreras

Por la quebrada de Matías para arriba, cogíamos a buscar leña.

Otras veces llegábamos casi hasta donde Don Rulfo  y entonces, carretera abajo  comenzábamos a arrastrar los ganchos de guamo; y cuando no había guamo el chispioso podía ser.

Siempre fue así los primeros años, con mis hermanos o con Ernesto y Manuel en la Bellaca, porque el fogón pedía y pedía y no había posibilidades de negarle nada; al menos que uno se acostara sin comer ese día.

Pero las gallinas y los cochinos se salían y antes que se perdieran había que hacerles de nuevo el corral. Entonces,  otra vez para el monte a buscar las varas que haciéndose cercas trancaban las apetencias de andar de los animales. Con las varas venían las piedras para tapar y los bejucos y cabuyas para amarrar.

Mi padre tenía la maravillosa habilidad de verle a todo una segunda y tercera posibilidad, de buscarle a cada piedra y a cada palo el preciso acomodo, el más útil y el más placentero.

Por ahí me fui metiendo y poco a poco encontrando la presencia de miles de relaciones de espacios, líneas, vacíos y situaciones que casi mudas e imperceptibles se guardaban en poderosa existencia;  era un mundo que se me iba revelando, un inmenso mundo en movimiento que a cada instante me sorprendía.

Mi casa estaba llena de la huella evidentísima  de mis padres que casi todo lo habían levantado del suelo porque todo estaba allí desde siempre. Todos éramos como una misma cosa, la cosa de la vida y del mundo. Como uno solo.

Y el Arte, lo que he podido entender, se trata de eso, de la manera  particular de ver y representar ese mundo que afuera y adentro nos conmueve.

Ahora pareciera que las cosas han cambiado y no es así. Sigo escarbando en el mismo lugar de siempre buscando las voces que se fueron y rogando encontrar de nuevo la inocencia que perdí.

No me gusta la fragilidad y la existencia de relámpago que todo tiene; pero no es de otra manera. Todo esta hecho de pequeños momentos, pequeñas cosas y sutiles ráfagas de luz, en nada se queda lo eterno a vivir. En esta fragilidad que encuentro, en este mundo de paso, confió lo que hago, por eso mi mirada es cortica, porque más allá del alcance de mis ojos no parece haber nada más

Franco Contreras

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