EL SUJETO Y LA MASCARA Rocco Mangieri

Retomo un conocido título de un libro del filósofo italiano Gianni Vattimo. Primero por la indicación directa de un objeto como la máscara que pienso es muy apropiada en este contexto y segundo por las evocaciones y asociaciones que el mismo título sugiere al presentar dos entidades vinculadas por una conexión. La “y”, siguiendo  en paráfrasis el discurso de Vattimo, no es simplemente una conjunción lingüística entre un ente humano   y un objeto material sino que tiende a amplificar el sentido del primer término en cuanto la máscara si bien en un primer momento es interpretada como signo de ocultamiento y travestimento corporal  termina por ser el artefacto mediador que revela aspectos fundamentales del sujeto. Pero lo que nos revelan las máscaras de estas obras no es solamente la contínua tendencia a asumir la otredad que en el espacio del carnaval y de la fiesta se vuelven tan esencial. De este puro aspecto carnavalesco y dionísicaco hay bien poco en la obra de Suniaga pues lo que inducen a interpretar esos rostros a veces tipificados y reiterativos, con o sin cromatismos, es una especie de imposibilidad de ser mirados y alcanzados más allá de la superficie de la apariencia, de los roles y papeles sociales, cotidianos. Más allá de los pequeños hábitos y rituales desemantizados de la vida que nos toca vivir es casi imposible ( o inútil?) intentar ir más allá de la fisionomía de un sujeto cuyos rasgos visuales y plásticos parecen señalarnos oblicuamente y silenciosamente una ausencia, un rol estereotípico, un rictus inconsciente y automático, a veces una nada, un vacío.

Fisonomías sombrías , sombras luminosas

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En casi toda la obra de Suniaga se reitera el gesto de la mirada frontal de figuras y rostros que configuran lo que denominaré como un tenebrismo afectivo que se va tejiendo y construyendo sobre un punto de vista relativamente nihilista y a veces radical en relación a la noción de esperanza, utopía o posibilidad de felicidad en sentido pleno o glorioso.

Lo tenebroso del dibujo-pintura de Suniaga parece apuntar y abrir sendas de significado no acostumbradas en el orden del discurso normal y oficial . Como arte visual de la contemporaneidad podría compartir perfectamente esta mezcla actual tan cara al espíritu de los jóvenes artistas latinoamericanos que consiste de algún modo en asumir una suerte de nihilismo productivo, una exposición regulada y ritmada de un relato no lineal que se construye sobre el no disponerse a creer en casi nada o no poder creerse completamente el mundo. Si jugar a las oposiciones visuales y semánticas tiene algún beneficio para el lector curioso entonces diría que nada más lejano y hasta contradictorio a esta obra que, por ejemplo, los juegos ópticos y felizmente irónicos del pop-art y sus versiones actuales o incluso de algunas propuestas postmodernas en las cuales la imagen se desdobla lúdicamente en la aceptación de la parodia sin más. Si utilizo el oxymoron de sombras luminosas es para recordar que en el discurso visual en primer plano( como en sus apuntes visuales y notas autobiográficas cotidianas) o en segundo plano( como en este gran relato-mural) dispone siempre un llamado y una oferta-ofrenda silenciosa a ese particular estado de los espacios de la sombra, de la oscuridad , de la penumbra y sus grados infinitos en los cuales y desde los cuales estas figuras y cuerpos se ubican y nos interpelan en una suerte de rictus típico que podría des-ocultar una posibilidad de apertura hacia un horizonte de verdad del sujeto pero que pareciera que de ningún modo se puede construir-percibir a través de simple travestimiento carnavalesco pues , según se entreteje aquí en los signos y figuras o en los mismos enunciados y escrituras sobreprepuestas aquí y allá, así como entre nosotros no podemos mirarnos también tú que nos venzo  podrás mirar-mirarte . Si todo cuadro también nos mira ¿ Cómo ubicar aquí el carácter y la función de estas miradas ciegas?. Miradas, salvo algunas pocas excepciones y de tipo autobiográfico, sin el fuego y el brillo de la pupila , sin la marca del fondo y de un más allá del micrografismo de la superficie. Miradas vacías, huecas, sin posibilidad de fijar la orientación de un campo de observación interior-exterior. Pseudomiradas y miradas-artefactuales como la de los muñecos y máscaras. Miradas gélidas, congeladas y desencantadas. Aquel par de ojos de los rostros de luna apacibles y des-pegadas de la fiesta tampoco pueden mirar-mirarnos pues están ciegos ( o cegados e imposibilitados de acceder a algunas verdades).

A través del color podemos seguir viendo la sombra y el misterio del sujeto  tras la máscara.

El color y el cromatismo no intentan modificar este discurso. Acentúan al contrario el significado luminoso de lo oscuro y de la tibia-tiniebla que sirve como fondo, que gira , rodea y se ubica detrás siempre de la figura-color, de la mancha luminosa, del juego de los tintes delineados o difuminados. Estamos paradójicamente invitados a accionar el juego de la mirada obstruída , a percatarnos en  este ludus tenebrista, que si adoptamos el nihilismo del mundo podremos tener en nuestras manos un primer “método” silencioso para reiniciar un contacto más verdadero con las personas, con los afectos y los sentimientos, con las verdades que surgen y son la carne de este mundo. Este o aquél personaje ya no ofrecen su rostro enmascarado sino que semi-ocultan su cabeza y sus ojos con un cruce( a veces verdaderos nudos ) de brazos y manos: no quiero y no podrás mirar-mirarte-mirarnos a menos que… ¿a menos que?. Es la pregunta quizás “ultima” que formula esta grapho-painting de Suniaga y que si fuese así justifica plenamente todos  los artificios silenciosos o agónicos de las figuras, los personajes, objetos y juegos plásticos que construyen sus relatos. Una pregunta que implicaría posiblemente una acción, una modificación substancial en el modo de mirar y acercarnos a lo real pero parece un giro, según este modo tan reiterado de obstruir el tránsito transparente de la mirada hacia la pintura y viceversa, nada fácil y por lo demás complicado y arduo. Los misterios del sujeto tras la máscara , tras el rictus y el rol no son accesibles en forma directamente visual sino que solicitan una acción interna, apenas descriptible, de naturaleza profunda. Lo visual es como un espejo opaco que nos devuelve en todo caso una imagen casi irreconocible de nosotros mismos que deberíamos tomar como los signos de una otredad en sombras pero cuyo desciframiento contiene la promesa, por demás de casi toda la pintura auténtica, de acceder a los signos y a la verdad del sujeto.

Rocco Mangieri        

Universidad de Los Andes

Facultad de Arte

Laboratorio de Semiótica y Teoría de los Lenguajes.

Mérida  Venezuela      Agosto-septiembre 2005.

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